-A usted le gusta estar solo, y es algo que yo ni nadie puede comprender, le dijo la bailarina. Pero yo no quiero estar sola, porque cuando uno está solo la vida es muy triste, y no tienes a nadie que te quiera, ni te acaricie, ni duerma a tu lado por las noches, ni nadie que coma un trozo de pastel de chocolate contigo, ni nadie a quien regalarle nada, ni nadie que te de un beso por las mañanas o por las noches. Todo es triste y feo cuando uno está solo.
El señor Mayer sabía que la bailarina tenía razón pero no quería decir nada al respecto. Ya era demasiado tarde para ponerse ahora a ser amable y simpático con la gente que le rodeaba. Demasiado tarde para que ya alguien quisiera hacerle caso. Así había pasado el tiempo, pensando en que cada día, sus antiguos amigos se habían olvidado ya para siempre de él.
-Yo creía que vivir solo, sin nadie era más cómodo, porque así no tendría que preocuparme por nada, le explicó el señor Mayer a la bailarina. Después me he dado cuenta de que era un egoista, y que ahora nadie se preocupa por mí, pero creo que ya es demasiado tarde para volver atrás.
-Nunca es tarde para volver a ser feliz si aún tiene esta posibilidad entres sus manos señor Mayer, contestó la bailarina. Salga a la calle mañana, salude a sus vecinos, llame a sus antiguos amigos, pídales perdón, invíteles a tomar café con sus galletitas de mantequilla. Quizás alguno le perdone, estoy segura.
